Artículos  

JESUCRISTO HOMBRE
Por Ern Baxter

Cristo Jesús... estando en la condición de hombre... se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo hombre.” (Fil. 2 : 8-9)

Dios creó al hombre a su imagen (Gen. 1:26), pero cuando el hombre desfiguró esa imagen, sucumbiendo ante el pecado, “Dios fue manifestado” (Tim.3:16) “en semejanza de carne de pecado” (Rom. 8:3) para redimir, regenerar y renovar al hombre “a la imagen del celestial” (1 Cor 15:49).
Desde el principio, el hombre ha sido el ápice de la creación de Dios; diferente a los otros seres creados en que era como Dios y capaz de tener comunicación personal con él (Gen. 1:28 ; 2:16 – 17 ; 3:9 – 13). Fue creado para tener dominio (Señorear) sobre toda la tierra (Gen. 1:26 – 28) y, en su capacidad de autoridad delegada de Dios , para ser fructífero y multiplicarse y “llenar la tierra, y sojuzgarla, y señorear en los peces del mar, en las aves de los cielos y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra “ (Gén. 1:28).
Así, en el relato biblíco de la creación, el hombre es visto como un agente altamente inteligente y poderoso, capaz de representar a Dios como su virrey sobre lo creado. Aunque el pecado haya mutilado la imagen, no la ha distruido del todo, y es así, que esta criatura estropeada, reteniendo aspectos de semejanza a Dios, oscíla entre destellos de brillantez creativa y hechos oscuros de degradación destructiva.

¿Qué es el hombre?

Aun el hombre redimido que está siendo renovado y restaurado, encuentra difícil elevarse al nivel maravilloso de su ser. Contemplado la magnificencia de los cielos y la tierra que lo rodea, abatido por su esplendor y empequeñecido por su amplitud, pensativamente inquiere de su creador: “¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para lo visites?” (Sal. 8:4). Y luego, contemplando las complejidades indescriptibles de su propia persona, concluye que solo Dios pudo “formar sus entrañas” y “hacerlo en el vientre de su madre.” Agradecido por el don de la vida, exclama celebrando el misterio de esta obra magistralmente forjada: “Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras, estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien” (Sal. 139:13-14).
El salmista, representado a todos los hombres, hace bien en expresar su admiración y sobrecogimiento al contemplar la magnitud de los cuerpos celestiales y las intrincaciones delicadas y misteriosas de su propio cuerpo físico. Es mejor que se sienta intimidado e insignificante en medio de tal despliege del divino genio creador. Y aunque lo comprenda plenamente o no, hay una respuesta a su interrogante. Es la respuesta, no de la investigación humana, sino de la revelación divina. Aparte de la revelación, la investigación humana se convierte en especulación vana porque va más allá de los límites de su capacidad.
La respuesta del salmista viene por revelación. En un lenguaje que recuerda al relato de la creación en Génesis, responde a la pregunta y afirma simultáneamente su fe en la historia revelada por Dios.

Le has hecho poco menor a los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra.
Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos, todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas, y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, Las aves de los cielos y los peces del mar.
¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuan grande es tu nombre en toda la tierra! (Sal. 8:5-9).

Aquí está el hombre de Génesis 1:26-28: un poco menos que Dios pero en la misma imagen de Dios. Lleva una corona como rey delegado por Dios sobre la creación. La tierra sometida le paga honor como portador de la gloria de Dios, ¿Qué mejor expresión se podría acuñar para describir el dominio y el gobierno de Adán que “todo lo pusiste debajo de sus pies“? Finalmente, el salmista hace un desfile verbal de los súbditos del dominio del primer hombre frente al lector para mostrar la extensión de su señorío.
Un escritor del Nuevo Testamento, citando el Salmo 8, señala lo que es dolorosamente obvio cuando dice: “Pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas” (Heb. 2:8). Aunque el “todavía” es un aliento de esperanza para el futuro dominio del hombre (y diremos más sobre esto más adelante), la pregunta que tenemos que tratar primero es: ¿Qué sucedío que retrasara esta soberanía humana?
El hombre, a quien fue dado este mandato, perdío el derecho por la desobediencia a su Superior (Rom. 5:19). Por el pecado, que es otro nombre para esta desobediencia, entrando así el pecado al mundo (Rom. 5:12). El resultado es que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios (todos se quedaron cortos del hermoso plan de Dios) (Rom. 3:23).
Quedarse cortos del hermoso plan de Dios se puede describir de muchas maneras, pero todas estas descripciones requieren palabras como las que usó Jesús: “malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias” (May. 15:19). Estos pecados practicados a una escala colectiva, producen malevolencias a nivel nacional e internacional, guerras, destrucción de civilizaciones enteras con el servilismo y la esclavitud a pecados sórdidos, el hurto internacional de tierra y propiedad, perjurio de alto nivel cometido en el nombre de la diplomacia, y por último, pero no de menos importancía, el destronamiento de Dios como el verdadero Soberano y Gobernador de la vida humana y su reposición por sustitutos blasfemos. Este cuadro no es agradable. Pero quedarse corto del hermoso plan de Dios da como resultado la improvisación de alguna alternativa odiosa producida por la depravación humana. Anticipemos un punto para observar que tal fealdad ha sido mitigada por la influencia de la “sal” y la “luz” genuinas.

El hombre en los planes de Dios

A pesar de la rebelión humana, el hombre sigue siendo parte del plan de Dios, el cual tiene toda la intención de cumplir. Recuerde que Dios hizo al hombre a su propia imagen y no hay manera de mejorar eso. Dios no puede escoger a otra criatura para cumplir el papel del hombre, ni tampoco puede hacer otra variedad o estilo del hombre mejor que el primero. ¡El hombre está inevitablemente en el plan de Dios! Por lo tanto, a pesar del fracaso de Adán, Dios Comenzará con otro hombre, “el segundo hombre” (1Cor. 15:47), y esta vez el éxito está garantizado.
Dios no abandonará, en realidad no puede, a la raza del primer hombre porque sencillamente lo ama (Juan 3:16). Esto se hizo bien evidente cuando Adán desobedeció a Dios e intentó establecer su propia bondad de criatura. Dios descendió inmediatamente sobre la escena para tratar con la desobediencia de su delgado, y también para pasar sentencia sobre la seductora serpiente que habia precipitado la crisis de la defección de Adán. El rey Adán y su consorte Eva tenían que ser castigados juntamente con el autor de la atractiva, pero destructiva mentira. Pero, ¿abandonaría Dios a su criatura caída? Destronarlo, sí; imponer la pena por violar la ley, pero no lo abandonó, ni lo abandonará jamás.
Aún antes de pronunciar la naturaleza del castigo de Adán y de Eva, Dios pasó juicio sobre la serpiente. En este acto, nuestros antepasados oyeron una palabra de esperanza, al declarar Dios su intención de usar la simiente humana para llevar a cabo la destrucción de la del diablo. “Pondré enemistad entre ti y la mujer, “dijo Dios, “y entre tu simiente y la simiente suya; está te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gen. 3:15).
Pero el amor no puede desafiar a la justicia, y la ley incumplida no puede ser ignorada por el Gobernador Moral del universo. Así que Adán y Eva quedaron vergonzosamente desnudos, sus inútiles delantales de hojas de higuera no los cubrían ante la mirada de Dios, y oyeron el ominoso pronunciamiento de la sentencia. Tan pronto fue pronunciada, sin embargo, “Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistio” (Gen. 3:21). Esto era, sin duda, un preámbulo del acto final de la redención de Dios cuando sacrificaría al “Cordero de Dios” para vestir al hombre con túnicas de justicia; la única vestidura que cubre la desnudez desvalida del hombre ante un Dios santo (1Cor. 1:30). No, Dios no había abandonado al hombre.
Ambos, el anuncio hecho por Dios de que la simiente de la mujer un día heriría (aplastaría, hollaría) en la cabeza a la serpiente, y el acto de Dios en la provisión de túnicas para Adán y Eva, apuntan a una gran persona y acontecimiento futuro. En realidad, toda la historia gira alrededor de esta persona y este suceso. Verdaderamente, la Bilia toda, en algún aspecto u otro, tiene como tema central la simiente y el sacrificio. Génesis 3:15 es llamado en exposiciones humanas de las Escrituras como “el protoevangelio”, que significa, “la primera proclamación del evangelio.” El testimonio bíblico de la preparación divina de la venida de la simiente está lleno de relatos dramáticos de la interacción entre Dios, Satanás y el hombre como el propósito divino que se mueve inexorablemente hacia su cumplimiento.

La simiente

No cabe duda alguna de quién es la simiente. Las muchas escrituras que se refieren a éste que viene, a “él”, la “simiente de la mujer” que herirá a la serpiente en la cabeza, encuentra su cumplimiento final en “Jesús nazareno, varón” (Hech. 2:22). El era la simiente de la mujer y la simiente de Abraham y la simiente de David. Pablo deja esto bien claro cuando escribe: “Ahora bien, a Abrahan fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: “Y a tu simiente, la cual es Cristo” (Gal. 3:16).
Entretanto se desarrolla la promesa y el prospecto de la simiente (según está relatado en el Antiguo Testamento), aspectos nuevos de su naturaleza y carácter son relevados. El profeta Isaías hace el sorprendente anuncio de que la simiente de la mujer será llamado Emanuel (Is. 7:14). Cuando Mateo escribe el relato de la visita del angel del Señor a José en un sueño, dice que la profecía de Isaías se cumpliría en el nacimiento de Jesús.

José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.
Y dará a luz un hijo, y llamarás a su nombre Jesús, por que él salvará a su pueblo de sus pecados.
(Entonces Mateo intercala estas palabras) Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo:
He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros. (Mat. 1:20-23).

Isaías hace otra referencia a este niño divino y humano cuando dice:

Por que un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.
Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre.
El celo de Jehová de los ejércitos hará esto (Is. 9:6-7).

En el Nuevo Testamento, el ángel anuncia a María el nacimiento milagroso de Jesús, e identifica claramente a este “niño” de Isaías con el de Maria. Este fue su mensaje:

Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; Y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin (Luc. 1:32-33).

El segundo hombre

Ahora comenzamos a ver éxito garantizado en este segundo hombre, Jesús. El primer hombre Adán, era “hijo de Dios” (Luc. 3:38) por creación y fue el primero de la raza humana llamado “linaje de Dios” (Hech. 17:29). Pero nuestro señor Jesucristo fue “el unigénito Hijo de Dios” (Jn. 3:18) y “el verbo... con Dios, y... Dios” mismo (Jn. 1:1). “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:14). Dios se ha convertido en hombre sin dejar de ser Dios: “Quien, en favor de los hombres, y para nuestra salvación descendió de los cielos, y se encarnó por el Espíritu Santo de la virgen María, y se hizo hombre”. (Credo Niceno)
El propósito de este artículo es enfatizar la humanidad de nuestro Señor. Cuando yo era un joven ministro, me encontraba en la confrontación conservadora liberal. Era muy celoso en afirmar la verdadera divinidad de mi Señor, y de alguna manera, seguramente por ese énfasis en mi predicación, “perdí” personalmente al Jesús humano. Lo había deificado de tal manera que, para mi propia vida práctica cristiana, había perdido contacto con su ser “muy hombre”. Cuando salí de ese período de controversia, me di cuenta de lo mucho que significa lo que uno cree y con un sentido del presente. No había desechado al Jesús humano de mi credo oficial, pero había rebajado su hombría, y en el proceso, yo mismo me había privado de la constante provisión de socorro, reto, esperanza y autoridad que se derivan de saber que él es “uno de nosotros”. Probablemente no haya otro factor de la verdad donde se necesite más un equilibrio, que en nuestra comprensión y relación con el Señor Jesucristo.
No sugiero que nuestra comprensión del misterio de la Persona de Cristo tenga que ser perfecta, pero si como discípulos con vida del Espíritu, debemos recibir el detalle revelado y caminar en esa luz. “Por la fe entendemos” (Heb. 11:3). Esta debe ser la perspectiva del cristiano. Pablo se refiere a nuestro Señor como al “don inefable” de Dios (2 Cor. 9:15). El credo de Calcedonia compuesto en el año 451D.C., en el que los líderes de la iglesia se dieron a la tarea de describir lo indescriptible, es reconocido como la definición clásica de la Persona de nuestro Señor. Un escritor reciente, comentando este documento histórico, subrayó la clase de frustración comprensible que sienten los cristianos cuando intentan definir, tan fiel a las escrituras como sea posible, los “grandes y sagrados secretos revelados” de nuestre fe. Su comentario fue este: “Podemos decir más con respecto a Cristo de lo que dice Calcedonia, pero no nos atrevemos a decir menos. “El Credo de Calcedonía dice: “El es verdaderamente Dios, y verdaderamente hombre.”

En los días de su carne, nuestro Señor fue tan verdaderamente hombre que, si bien la gente reconocía que Dios estaba con él, lo concideraban en la categoría de los profetas. Fue sólo por revelación que Pedro declaró que él era “El Cristo (Mesías) el Hijo de Dios viviente” ( Mat. 16:16).

El gran sujeto de la narración de los Evangelios tiene un verdadero cuerpo humano (Luc.24:39). Es concebido en una madre humana (Luc. 1:31). Traído al mundo por ella (Mat.1:25; Luc. 2:7-11; Gal. 4:4). Es amamantado por ella durante su infancia (Luc. 11:27). Como infante pasa por el rito doloroso de la circuncisión (Luc. 2:21). Es un bebe envuelto en pañales, acostado en un pesebre (Luc. 2:12). Es tomado en los brazos del anciano Simón (Luc. 2:28). Su crecimiento corporal está trazado hasta que llega a la edad de doce años (Luc. 2:40), y desde ese punto hasta alcanzar los años adultos (Luc. 2:52). Su presencia en las bodas de Caná (Jn. 2:2), en el gran banquete en casa de Leví (Luc. 5:29), y en la mesa de Simón el fariseo (Luc. 7:36); la cena que compartió con su amigo de Betania a quien había resucitado (Jn 12:2), la festividad Pascual que con tanto deseo quería comer antes de su sufrimiento (Luc. 22:8-15); el pan y los peces que comió con sus discípulos aquel amanecer a orillas del Lago de Galilea, después de su resurrección (Jn. 21:12-13) son testimonios de que vino como uno de nosotros, “comiendo y bebiendo” (Luc. 7:34).

Este humano histórico, verdaderamente hombre, murió como ningún otro hombre. Sabemos que la muerte es la pena por el pecado (Rom. 5:12), pero este hombre “no conoció pecado” (2Cor. 5:21), “no hizo pecado“ (1 Pedro 2:22). Todo lo contrario, era “santo, inocente, sin manchas,apartado de los pecadores” (Heb. 7:26).
¿Por qué murió entonces? Respondemos sencillamente con las palabras de la Escritura. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21). Debido a la ausencia de pecado en él, calificó para convertirse en un sacrificio substitucionario para todos los que han pecado (Rom. 3:23). Este hombre, “habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (Heb. 10:12). “Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados “ (Hec. 13:38)
Fue su muerte, pues, diferente a la de otros hombres, porque fue el único que calificó para morir sacrificialmente por los pecados, y a través de él recibir el perdón. Pero fue diferente y distintivo, por que fue el único que tuvo autoridad sobre la muerte. El primer hombre, Adán, murio porque pecó. No tenía otra alternativa. El segundo hombre, el último Adán, no teniendo pecado propio que demandara su muerte, escogió morir “por nuestros pecados (1Cor. 15:3).

Yo pongo mi vida, para volverla a tomar.
Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo autoridad para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar... (Jn. 10:17-18).

De manera que en el momento de su muerte “entregó el espíritu” (Mat. 27-50) “para que por la gracia de Dios gustase la muerte para todos “ (Heb. 2:9).
Su muerte, sin embargo, no fue mera señal de reconocimiento de la deuda. Fue una misión poderosa y parte de la razón por la que Dios se hizo hombre. “Cristo nació como ser humano...; porque sólo siendo un ser humano podía morir y destruir al que tenía el imperio de la muerte” (Heb. 2:14 N.T.V.). Una vez que hubo cumplido su misión, Dios “lo soltó de los horrores de la muerte, le devolvió la vida, porque la muerte no podía mantener clavadas en El sus garras perpetuamente “ (Hec. 2:24 N.T.V.).

El hombre exaltado

Cuando Dios lo resucitó, Jesús se convirtió en “el primogénito de entre los muertos” (Col. 1:18). Fue “el primer nacimiento de entre los muertos” (Knox). La muerte para él no fue el final, sino los dolores de parto para una vida nueva. Fue el primero en entrar “a la congregación de los primogénitos” (Heb. 12:23), y se constituyó en “la cabeza del cuerpo que es la iglesia” (Col. 1:18).
La mayoría de nosotros lee el sermón pentecostal de Pedro en el contexto de la revelación subsecuente. Esto no está mal porque la revelación continua dada a Pedro, a Pablo y a otros hombres apostólicos es una explicación, una dilucidación de los grandes sucesos críticos de la vida terrenal de Jesús, su muerte, resurrección, ascenso, y derramamiento del Espíritu. Pero debe recordarse que, juntamente con la experiencia dinámica que estaban disfrutando, los discípulos en Pentecostés sabían tambien que “Jesús el de Nazaret, fue un hombre” (Hec. 2:22 V.P.), con quien habían hablado, a quien habían escuchado, visto y tocado, “estaba ahora en el cielo sentado en un trono junto a Dios” (Hec. 2:33 N.T.V.). Quizá no sea posible que nosotros sepamos tan agudamente la clase de conmoción y emoción que los inspiró a celebrar diariamente su santa alegría. Pero la misma alegría puede ser nuestra si “ponemos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fé” (Heb. 12:2).

Hay un hombre en la gloria. Es uno de nuestros hermanos (Heb. 2:11) sentado a la diestra de Dios. “Dios está en un lado y la gente en el otro, y... Jesucristo, hombre también, está entre los dos para unirles en virtud de haberse dado a sí mismo en rescate por el mundo.” (1 Tim. 2:5 N.T.V.). “Cristo entró al cielo a presentarse a sí mismo ante Dios a favor nuestro“ (Heb. 9:24 N.T.V.).
Hay algunas cosas que la contemplación del Hombre exaltado debiera hacer en nosotros. Debiera fortalecer nuestra fe en la estima en que Dios tiene al hombre, y nuestra seguridad en su próposito para el hombre. Dios hizo al primer hombre a su imagen. Esta imagen se borró y se distorsionó. La historia relata la elección del hombre de crear su propia imagén sin tener un patrón. El resultado ha sido una cobertura moral de muchos colores, hecho con parches de carácter y conducta que adversan la voluntad de Dios y que es vulnerable la manipulación satánica.
En medio de esto vino el segundo hombre, quien es “la imagen misma” de la persona de Dios (Heb. 1:3). Viviendo solo para hacer la voluntad de Dios (Heb. 10:9) imprimió en la historia su carácter y conducta santos, los cuales, a pesar de los intentos humanos y diabólicos de destruirlos, continúan señalando la vanidad de la caricatura maldita, y ofrecen al hombre perdido la redención de sus pecados, y la “conformidad a la imagen de su Hijo” (Rom. 8:29). Dios ha garantizado que, por medio de este hombre cuya vida fue una constante manifestación del carácter de su Padre o su “gloria” (Jn. 1:14). “no se cansará ni desmayará, hasta que establezca en la tierra justicia” (Is. 42:5). Y que “la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las agua cubre el mar” (Is. 11:9).
Dios hizo el primer hombre para que se enseñorease sobre toda la tierra” (Gen. 1:26). Esto también se vició con la desobediencia de Adán, y el rey destronado fue expulsado de su jefatura adénica para laborar bajo el peso abrumador de la vida, por un camino que conduce a la humillación y la muerte. En vez de llenar la tierra con la belleza del Edén, ha violado una y otra vez la tierra. Ha forjado “espadas de sus azadones, y lanzas de sus hoces” (Joel 3:10), y “cada uno pelea contra su hermano, cada uno contra su prójimo” (Is. 19:2).
Sin embargo, el segundo hombre le ha sido dada “toda potestad... en los cielos y en la tierra” (Mt 28:18) “preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies” (1 Cor 15:25). Con este conocimiento de “Toda autoridad“ comisiono a sus seguidores: “por tanto id y haced discipulos a todas las naciones” (Mt 28:19) El segundo hombre esta en el trono del universo y en esta era mesiánica es “rey sobre toda la tierra” (Zac. 14:09). Y “los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia, reinarán en vida por uno solo, Jesucristo (Rom, 5:17).

¡Al mundo paz, nació Jesús!
Nació ya nuestro Rey;
Cada corazón, prepárele lugar
Y toda creación, alabe a su Señor
Alabe, alabe a su Señor.
Gracias y verdad
Su reino es.
Y al mundo probará
La gloria de su justicia
Su amor y su poder.

El primer hombre fue expulsado del Edén para luchar con su pecado y regresar penitente a Dios por “la sangre de toros y machos cabríos,” pero tales sacrificios erán sólo “la sombra” del Cordero de Dios y “no podían liberar completamente del pecado a los que se acercaban” (Heb. 10:1-4).
Pero la venida de un sacrificio mejor hizo posible que el hombre regresara a una relación perfecta con Dios. “Porque por medio de una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los que ha consagrado” (Heb. 10:14 V.P.). Y ¿qué de este excelente sacrificio? ¿Quién puede ser? Una vez más es el Hombre amado que se levanta ante la necesidad. “Pero Cristo, habiendo ofrecido vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies” (Heb 10:12-13).
Amado Cristiano, “consideremos a aquel” por cuya sangre hemos recibido el perdon completo. Estemos seguros que porque él es nuestro ejemplo (1 Ped. 2:21) podemos ser “conformados a su imagen”. Levantémonos ante el reto de su “toda potestad”, alzando nuestra vista más alto, rehusándonos echar atrás ante la tarea de llevar a las naciones bajo su reino de amor y disciplina!.

Tomado de New Wine Magazine de Noviembre - Diciembre de 1985

 



conciencia de valores